María Isabel Rodríguez: “Un trabajador social debería ser una herramienta de apoyo, de acompañamiento y de escucha”.

María Isabel tuvo su primer contacto con el Trabajo Social en 1973. Decidió hacerse voluntaria en Civitas donde trabajó en un piso de acogida con chicos que tenían dificultades  y donde aprendió de todo. Desde entonces ha estado siempre vinculada a las personas, buscando cómo mejorar como persona y como profesional.

¿Qué te motivó a dedicarte al Trabajo Social?

La realidad es que yo quería ir a Alemania a estudiar Medicina. Pero económicamente era inviable. En Gran Canaria solo podía hacer Trabajo Social, Maestría o una carrera de ciencias. Las carreras de ciencias no eran mi ilusión y los niños no me gustaban. Así que hice Trabajo Social porque era la última carrera que tenía algo que ver con lo que a mí me gustaba: estar cerca del ser humano.

¿En tus primeros años de contacto con el trabajo Social qué es lo que más te gustó?

Me gustaba todo. Si era nuevo, me gustaba más todavía; sobre todo si se trataba de investigar. Estuve en la Casa del Marino trabajando con las familias de los marinos, con las mujeres que habían quedado viudas y con los hijos. En el Hospital del Mar trabajábamos con personas de diferentes países. Allí me encontré con muchas historias increíbles. Yo lo he pasado muy bien. He tenido la suerte de hacer lo que yo creí que tenía que hacer en cada momento. Siempre dije que, si era útil, estaba; si no era útil o ya no podía aportar más, me iba.

¿Cómo fue tu etapa en los centros del IAS?

Yo estaba en el Hospital Psiquiátrico y en el Dermatológico. En 2004 llegué al Centro Sociosanitario El Sabinal y el Psiquiátrico se cerró. En el Psiquiátrico trabajaba con personas mayores y con personas que tenían alguna discapacidad. Lo más importante era intentar que esas personas no perdieran el vínculo con las familias, porque estaban muy aislados. La relación con los compañeros era muy buena. En el Psiquiátrico tuve directores y compañeras, Puri y Asención, que me permitieron desarrollar el Trabajo Social desde mi punto de vista, desde la tranquilidad de mi conciencia. Hasta el personal de limpieza eran una parte de la planificación del todo. Fue una época muy bonita.

¿Hay alguna anécdota o algo que quieres destacar de tu época en el Psiquiátrico?

El administrador, Don José Lavandera. Era un hombre muy serio y muy duro, pero siempre estaba ahí, al pie del cañón, para ayudarte en todo lo que necesitaras hasta a nivel personal. Sabía exactamente en cada momento qué te pasaba. Mi marido se quedó ciego de un ojo y tenía que hacerse una operación de urgencia. Solicité un dinero pero no pudieron dármelo porque era interina. Él se enteró y se ofreció a prestarme el dinero, aunque luego no fue necesario porque se resolvió de otra manera.

¿Qué necesita una persona que reside en un centro como El Sabinal?

Necesita que la mires a los ojos, que le digas buenos días, que le des un abrazo cuando lo necesita, que sepas cuándo está triste o cuando le pasa algo… Cariño y escucha activa, donde la persona sepa que la estás entendiendo. Eso me parecía más importante que estar haciendo cálculos en un ordenador, que entiendo que también es importante aunque no llega de manera tan directa a las personas. Con lo poco que tienes debes hacer lo máximo. Una de las cosas que eliminaría en el lugar del trabajo es el móvil porque es una distracción porque el tiempo que tienes está pagado con dinero público. Y hay que tener en cuenta a las personas que dependen de ti.

¿Qué es lo que más te gusta de esta profesión?

La cercanía con el ser humano. El darte cuenta de que todos somos iguales, incluso con las diferencias que la vida nos va poniendo en medio. El que puedas ser un apoyo para que esa persona pueda caminar un escalón más. Nunca he decidido por nadie. Un trabajador social no debe diseñar el plan de vida de nadie, sino una herramienta de apoyo, de acompañamiento y de escucha.

Hemos hablado de la familia y de la importancia que tienen en la vida de las personas. ¿Puedes contarme algo de tu marido?

Mi marido está jubilado. Siempre ha estado a mi lado y gracias a él pude sacar muchas cosas adelante en San Martín. Lo conocí cuando tenía 15 años en la playa de Las Canteras. Sus amigos y él tenían una piragua y al salir del agua me di con la piragua. Cuando vinieron a verme para saber cómo estaba lo vi y me enamoré de él. Este agosto hace 50 años que estamos juntos. Él se dedicaba a dirigir empresas como gerente y ahora está jubilado disfrutando de la vida. Tenemos una casa en Arucas que hemos hecho juntos, aprendiendo día a día. Es una obra de arte a la que le vas añadiendo cosas.

Tienes dos hijos. ¿Qué has querido enseñarles?

La importancia de decir siempre la verdad, aunque duela, y ser auténtico con uno mismo. Y a no depender de nadie. No compartir con los demás porque los necesitas, sino porque las disfrutas. Nadie nos enseña a enseñar y mi marido y yo nos habremos equivocado, pero siempre hemos hecho todo con ellos y decidíamos con ellos.

¿Algo que se quedara por hacer?

En el Centro de Día estábamos intentando ejecutar un proyecto de trabajo individualizado donde las familias pudieran participar y que hubiera una continuidad de la casa al centro. Pero era muy complicado porque el Cabildo tiene una nomenclatura de personal y nosotros necesitábamos un perfil de cuidador o acompañante. La idea era que un familiar pudiera ir al centro a hacer la vida cotidiana con las personas usuarias dentro del centro, incluso comer con ellos.

¿A qué dedicas tu tiempo ahora que estás jubilada?

Estoy dedicándome a una parte espiritual. He hecho tambores chamánicos, es algo que me encanta. También me gustaría aprender inglés para poder comunicarme con los demás. Siempre estoy haciendo y estudiando cosas.

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